Eran las once de la noche. Papá y mamá nos habían acostado
hacía más de una hora, pero yo no me podía dormir: tenía miedo de la vida.
Desde hacía varios días tenía una pregunta muy importante dentro de mí: ¿para
qué la vida? Me había estado aguantando hacérsela a mis padres, pero esa noche
ya no podía esperar más a saber la respuesta. Así que salí de la cama y me
dirigí al salón.
Atravesé todo el pasillo a oscuras, venciendo el pánico que
me producía ese negro aire denso que me solía envolver cada vez que iba a hacer
pis en mitad de la noche. La puerta que unía el pasillo con el salón, donde
estaban mis padres viendo la televisión, estaba entreabierta. Por aquella rendija se colaban nubaredas de
humo provenientes del puro de papá, y ecos de las voces de la presentadora del
programa que estaban viendo. Asomé mi pequeña cabeza de niño de nueve años para
estudiar el modo de acercarme a ellos sin que me fueran a regañar por haberme
salido de la cama.
- Juan, ¿eres tú?-, escuché, primero, la voz de mi
madre, para ver, segundos después, cómo se giraba y me miraba a mí.
- Sí-, contesto.
- ¿Qué haces despierto?-, refunfuñó mi padre, no
sin afecto.
Entonces llegó el momento de la verdad. Tenía que
preguntárselo. Ahora o nunca. Bajé la cabeza y me quedé mirando mis pies descalzos.
Me armé de valor.
- Es que… Tengo miedo de la vida…
Silencio.
- ¿Qué le has dado al niño, Marisol?-, le preguntó
mi padre a mi padre, realmente preocupado.
Mi madre también pareció alterarse, pero quiso saber más.
- Cariño, ¿qué te pasa? ¿Por qué tienes miedo de
la vida? ¿Qué quieres decir con eso?
- Que no entiendo… No entiendo para qué vivimos.
¿Por qué vivimos?
- Ay, cariño, esas cosas son muy complicadas. No
son propias de un niño de tu edad-, me dijo ella, enternecida.
- ¿Pero para qué es la vida, mamá? ¿Por qué
estamos en el mundo?
- ¿Qué por qué estamos en el mundo, hijo?-, mi
madre empezaba a parecer desconcertada. Se miró las manos y después se dirigió
a mi padre:- Alfonso, ¿para qué estamos en el mundo? Tu hijo quiere saber la
respuesta.
Mi padre había seguido el hilo de la conversación muy por
encima, ya que un hombre acababa de ganar en la tele cien mil euros por acertar
una pregunta en un juego.
- ¡Alfonso!
Mi padre volvió con nosotros.
- ¿Eh? Qué.
- Que le digas a tu hijo para qué vivimos.
Él me acarició la cabeza. Primero me miró a mí, como tomando conciencia de mi pregunta, y después a mi madre. Pero entonces sonó un aplauso del público y él volvió a mirar la pantalla.
- Para divertirnos, Juanito, para divertirnos.
Cómo ése de ahí-, señaló al hombre ganador del concurso y rió, dejando de
prestarnos atención.
Yo seguía de pie, inmóvil. Mi madre se conmovió por verme
tan afectado ante el hecho de que no me hubieran respondido de modo que yo me
hubiese quedado satisfecho o contento.
- Ay, hijito, yo qué sé para qué vivimos. Pues
para tener niños tan guapos como tú, para tener un marido que me quiere tanto
como papá, para ir a la feria del pueblo en verano y tener navidad en invierno…
Anda, vete a la cama, que es tarde y mañana hay cole.
Me besó en la mejilla y me volvió a dar las buenas noches.
Yo salí de aquel cuarto impregnado de humo para entrar de nuevo en aquel
pasillo oscuro que otra vez me envolvió de su negro color, haciendo emerger en
mí la misma pregunta urgente con la que había acudido a ver a mis padres. En
cuanto atravesé ese túnel del terror, corrí hasta mi cama, me metí en ella y me
tapé con el edredón lo más posible; tanto, que casi no podía ni respirar.
Intenté dormirme, pero en mí había nacido otra pregunta más que no me dejó
pegar ojo: “¿por qué mis padres no saben responderme?”. Y a ésta le siguió
otra: “¿Alguna vez encontraré la respuesta que pide a gritos mi corazón?”