Share it

viernes, 26 de abril de 2013

martes, 16 de abril de 2013

Isabel Pantoja, condenada

por las masas.

Como fue condenado Gadafi

por las masas.

Como fue aplaudida la muerte de Bin Laden

por las masas.

"Los hombres, bestiales como siempre"...




sábado, 9 de febrero de 2013

"¡Mira qué bonita era!"












Una mujer muerta.

Personas aún vivas que a su alrededor la velan y ofrecen rezos por ella.

Ella, muerta.

Algunos no pueden mirarla, de tan joven como era.

Porque los jóvenes no mueren.


Los hombres se quitan los sombreros, 

las señoras tienen el rosario entre sus dedos.

La mujer, muerta.

Dos velas lo atestiguan, dos velas que no esperan.



Inesperadamente, entra por la ventana una mirada nueva.

Un corazón ingenuo.

Un niño que espera.

Volver a ver esa belleza.

"¡Mira qué bonita era!"

Y se sorprende del no respirar de aquella joven,

y del aire fresco de la mujer muerta.

No comprende adónde va esa preciosidad,

de dónde venía aquélla que dicen que ya no es ella.

De quién, aquella sonrisa divina

y aquellos hoyuelos en sus mejillas.

¿De quién eran, sino de ella?

¿De quién, la belleza de la mujer muerta?





Julio Romero de Torres

miró a la mujer morena

no se quitó el sombrero

por no soportar la pena

por no poder aceptar la muerte

de semejante belleza.




*Sobre el cuadro "¡Mira qué bonita era!", de Julio Romero de Torres, en el museo que lleva su nombre. Córdoba.

martes, 1 de enero de 2013

Modern love





Te animaban a ser libre y a usar tu libertad por encima de todo.
Te animaban a divertirte y te ofrecían planes fantásticos.
Te animaban a tomarte en serio tu trabajo y tus estudios.
Te animaban a buscar un ligue que saciara tu instinto de joven.

Pero nunca, nunca te animaban a desear que el amor fuera para siempre.

viernes, 14 de diciembre de 2012

"Porque quiero ser leal conmigo mismo"


En los juzgados: Pedro Samaniego acompaña a uno de los chicos que ha estado viviendo en la Casa de Acogida Virgen de Caacupé, en Itaguá, Paraguay, como alternativa a estar en la cárcel. En esta sesión, se juega volver al centro de menores. Todo depende del buen o mal trabajo que haga el abogado, cubriendo el delito del chico, y de que el juez lo declare inocente o culpable.

Tienen todas las de ganar, pues no hay pruebas suficientes para demostrar el acto delictivo del joven.

Parece que la partida está ganada, cuando el imputado, de repente, dice en voz alta: "Yo fui". Los rostros de todos los que están en la sala cambian. Los jueces, que ya le iban a dejar en libertad, le miran atónitos. El abogado del chico se tira de los pelos. Pedro observa.

- Te felicito-, le dice el juez.- Porque has dicho la verdad. Por ello, te vamos a condenar, pero puedes seguir en la Casa Virgen de Caacupé. No tienes que ir a prisión. Por tu actitud, te vamos a rebajar la pena, que será de seis años.



Una vez terminado el juicio, el chico, sereno, mira a Pedro y le dice: 
- Vamos a casa, porque allí soy libre.

Unas horas más tarde llegan por fin a la casa, donde están los demás menores paraguayos que cumplen condena allí en lugar de en prisión. Todos le hacen gestos de "bueno, qué, ¿cuántos años?". Y el chico, contento, responde: 
- ¡Seis!
Y todos le vitorean, como si acabara de lograr un triunfo. Este chico tiene 19 años.

Cuando fue preguntado por qué había dicho la verdad, respondió:
- Porque quiero ser leal conmigo mismo.



*Gracias a la educación que este joven ha recibido en la casa de acogida, donde Pedro es la autoridad y una compañía constante, es libre en una circunstancia tan difícil como la anteriormente descrita. Una educación que "te ayuda a encontrar tu libertad" y que nace de la verdadera preocupación por ti de quien te acompaña en el camino.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Cuatro caladas en agosto





Cuatro de agosto de 2006.
Sol.
edad.

Ciudad.

Fueron cuatro.

Éramos dos.

Y otro al que ignorábamos.

Era una puerta abierta. ¿A qué?

No preguntes, porque la respuesta no te corresponde.

Y no querrás entrar.

Y no hay otra puerta entreabierta que te pueda hacer despertar.

¿De qué?

De ese vacío existencial.

Ninguna otra puerta que te vaya a enseñar que la vida es más.

¿Más que qué?

Que lo que tienes delante de ti, aquí y ahora.

Ninguna otra persona que te vaya a dar su mano como él.

¿Cómo quién?

Como esta persona que te mira como si fuera la primera vez.

Como si el amor estuviera presente en este momento- y fuera a durar para siempre.

Y no fuerais dependientes de otra cosa
más que de un sueño eterno
que se cumple ahora.

Pero no se cumple.

Han pasado los años.

Han pasado las horas.

Experiencias, amistades, preguntas.

Y sigues en el mismo lugar.

Te has mantenido en el tuyo.

Pero no quedan razones que lo sostengan.

Tú te caes.

Porque nadie te acompaña en esa espera de infinito de la que nadie, nadie, habla.

Y decides darte por vencida.

Por si sucede algo.

Y sucede.

Fueron cuatro.

El día cuatro.

Y no es por el número, ni por la fecha de aquella tarde de verano.

Sino por ese abandono a un corazón que, después de aquello, siguió llorando.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Aquella tierna y cruel edad





Aquella tierna y cruel edad.

Y sociedad.

Esa edad en la que los chicos llamaban a las chicas para juntos beber.

Y no ver.

En la que ellas se arreglaban como princesas, y ellos como conquistadores.

En la que ellas seguían creyendo en los cuentos, y ellos se convertían en ladrones.

De corazones.

Aquella edad en la que ellas les conocían y lo esperaban todo, todo, de ellos.

Y ellos sólo un poco.

Entonces, ellas nada.

Porque no había nada.

Aquel deseo.

De ambos.

De algo.

Que no era eso.

Que no eran los dieciocho años, los pintalabios rojos ni los cigarrillos negros.
Que no eran las bebidas, las noches en blanco ni los besos a cualquier precio.

Aquel frío de madrugada por las calles en invierno, aquellas miradas de desconocidos.
Aquel dolor.

Aquellas risas a carcajadas, inconscientes, que trataban de ahogar un llanto.

Ese llanto.

Porque la vida no era lo que ellos y ellas esperaban.

La vida era otra cosa.

Una cosa que no podía ser.

Pero que era.

O eso decían todos.
Eso, todas las miradas que entre unos y otros se cruzaban.
Todos esos brillos en los ojos que poco a poco se apagaban.

Y no veían.

Y volvía el llanto.

Por una vida.

Que no se vivía.

Así es aquella tierna y cruel edad.

Y sociedad.

Siendo su dueña la -oculta- melancolía. 

viernes, 23 de noviembre de 2012

Por qué nos movemos un día de lluvia para que otros tengan comida



Mi amiga Belén había venido. Estaba muy cansada, porque había dormido poquísimo.
- Yo le he dicho: "Señor, yo vengo, pero Tú me sostienes".

Me conmovió escucharla decir esto. Pero lo que sucedió a continuación me conmovió aún más.
Entró un hombre en el supermercado donde hacíamos la recogida. Se fue directo a por una barra de pan. Me acerqué a él. Le conté lo que hacíamos.

- Mira, he entrado en el supermercado sólo a por esta barra de pan... No tengo ni para comer. Mi familia está fuera de España. Soy de Marruecos-. Tenía unos ojos azules preciosos-. He vivido muchos años en España, y muy bien. Pero ahora, para comer algo, a veces voy a casas de amigos que me invitan a tomar un café, o me dan un euro.

Le hablé del centro de solidaridad. Me enfrasqué en la conversación con él. Entonces él se fue a pagar su pan, y de pronto, Belén me llama por detrás: 

- Carla, este hombre ¿qué te inspira?
Yo no entendí bien la pregunta. Entonces ella añadió:
- Tengo una caja de comida en el coche. ¿Se la damos?

Esperamos a que el hombre, cuyo nombre no recuerdo- ah, sí, Alí-, pasara por caja. Entonces le preguntamos si quería venir con nosotras para ir por una caja de comida. Dijo que sí.

Anduvimos bajo la lluvia y en el frío hasta llegar al coche de mi amiga. Yo aún no daba crédito: ¡qué acto tan bello! ¿Cómo es que Belén se estaba moviendo así, estando muerta de sueño y frío? ¿Cómo es que había siquiera prestado atención a la conversación de 5 minutos que Alí y yo habíamos mantenido en el supermercado?

Belén abrió el maletero del coche y le dio una caja a Alí. Y otra más pequeña. Entonces ahora la imagen de Alí era la de un hombre cargando con dos cajas pesadas encima de las cuales la baguette que él había comprado quedaba a la vez tierna y ridícula. Una preciosidad.

Nos despedimos de él. Nos miró con sus ojos azules:
- Muchas gracias. Le pido a Dios que, lo mismo que habéis hecho vosotras conmigo, lo haga Él con vosotras.

Lo dijo con una profundidad que nos dejó sin palabras. Era Él.

Belén y yo caminamos de vuelta hacia el supermercado. Lo hicimos en Silencio, pues es allí donde habla el Misterio.

sábado, 10 de noviembre de 2012

El miedo a la vida y la respuesta




Eran las once de la noche. Papá y mamá nos habían acostado hacía más de una hora, pero yo no me podía dormir: tenía miedo de la vida. Desde hacía varios días tenía una pregunta muy importante dentro de mí: ¿para qué la vida? Me había estado aguantando hacérsela a mis padres, pero esa noche ya no podía esperar más a saber la respuesta. Así que salí de la cama y me dirigí al salón.

Atravesé todo el pasillo a oscuras, venciendo el pánico que me producía ese negro aire denso que me solía envolver cada vez que iba a hacer pis en mitad de la noche. La puerta que unía el pasillo con el salón, donde estaban mis padres viendo la televisión, estaba entreabierta.  Por aquella rendija se colaban nubaredas de humo provenientes del puro de papá, y ecos de las voces de la presentadora del programa que estaban viendo. Asomé mi pequeña cabeza de niño de nueve años para estudiar el modo de acercarme a ellos sin que me fueran a regañar por haberme salido de la cama.

- Juan, ¿eres tú?-, escuché, primero, la voz de mi madre, para ver, segundos después, cómo se giraba y me miraba a mí.
- Sí-, contesto.
- ¿Qué haces despierto?-, refunfuñó mi padre, no sin afecto.

Entonces llegó el momento de la verdad. Tenía que preguntárselo. Ahora o nunca. Bajé la cabeza y me quedé mirando mis pies descalzos. Me armé de valor.

- Es que… Tengo miedo de la vida…

Silencio.

- ¿Qué le has dado al niño, Marisol?-, le preguntó mi padre a mi padre, realmente preocupado.
Mi madre también pareció alterarse, pero quiso saber más.
- Cariño, ¿qué te pasa? ¿Por qué tienes miedo de la vida? ¿Qué quieres decir con eso?
- Que no entiendo… No entiendo para qué vivimos. ¿Por qué vivimos?
- Ay, cariño, esas cosas son muy complicadas. No son propias de un niño de tu edad-, me dijo ella, enternecida.
- ¿Pero para qué es la vida, mamá? ¿Por qué estamos en el mundo?
- ¿Qué por qué estamos en el mundo, hijo?-, mi madre empezaba a parecer desconcertada. Se miró las manos y después se dirigió a mi padre:- Alfonso, ¿para qué estamos en el mundo? Tu hijo quiere saber la respuesta.

Mi padre había seguido el hilo de la conversación muy por encima, ya que un hombre acababa de ganar en la tele cien mil euros por acertar una pregunta en un juego.

- ¡Alfonso!

Mi padre volvió con nosotros.

- ¿Eh? Qué.
- Que le digas a tu hijo para qué vivimos.
     
    Él me acarició la cabeza. Primero me miró a mí, como tomando conciencia de mi pregunta, y después a mi madre. Pero entonces sonó un aplauso del público y él volvió a mirar la pantalla. 
     - Para divertirnos, Juanito, para divertirnos. Cómo ése de ahí-, señaló al hombre ganador del concurso y rió, dejando de prestarnos atención.

Yo seguía de pie, inmóvil. Mi madre se conmovió por verme tan afectado ante el hecho de que no me hubieran respondido de modo que yo me hubiese quedado satisfecho o contento.

- Ay, hijito, yo qué sé para qué vivimos. Pues para tener niños tan guapos como tú, para tener un marido que me quiere tanto como papá, para ir a la feria del pueblo en verano y tener navidad en invierno… Anda, vete a la cama, que es tarde y mañana hay cole.

Me besó en la mejilla y me volvió a dar las buenas noches. Yo salí de aquel cuarto impregnado de humo para entrar de nuevo en aquel pasillo oscuro que otra vez me envolvió de su negro color, haciendo emerger en mí la misma pregunta urgente con la que había acudido a ver a mis padres. En cuanto atravesé ese túnel del terror, corrí hasta mi cama, me metí en ella y me tapé con el edredón lo más posible; tanto, que casi no podía ni respirar. Intenté dormirme, pero en mí había nacido otra pregunta más que no me dejó pegar ojo: “¿por qué mis padres no saben responderme?”. Y a ésta le siguió otra: “¿Alguna vez encontraré la respuesta que pide a gritos mi corazón?” 

martes, 30 de octubre de 2012

Sandy




 Desayuno de un matrimonio español de mediana edad. Ella aún está medio dormida, él ya vestido con traje para ir a trabajar. Ojea el periódico.
- Mira, cariño, el huracán Sandy ha dejado 16 muertos en Nueva York desde que empezó. ¡Qué barbaridad!
Ella deja de dar sorbos al té, para exclamar:
- ¡Madre mía! Pobrecillos míos. Qué impresionante tiene que ser estar viviendo ahora en esa ciudad. En las noticias se la está apodando "la ciudad fantasma"... ¿Qué estarían haciendo las personas que han muerto para que se las llevara por delante el Sandy? La compra no, desde luego. Porque ya todos hicieron la compra antes de que llegara, prevenidos y asustados...
- ¡Inundaciones de cuatro metros! ¡Y el metro cerrado, y la bolsa también!
- ¡Madre mía! ¿Hasta cuándo estarán así?
- Parece ser que, en su paso por el Caribe, el huracán ha dejado 64 muertos...
- Ya, bueno, pero ésos siempre se están muriendo.
- Ya.










_________________________________

Foto de Time World.



Share it